Para Laicos y no sólo...

Un término de moda: la emergencia educativa

 

 

+ Carlos Suárez Cázares*

 

En las ciencias de la educación, como en otros ámbitos de la cultura, van surgiendo de tiempo en tiempo conceptos nuevos que responden a nuevas situaciones que van resultando de los acelerados cambios culturales y sociales que caracterizan la época actual.

 

Así, por ejemplo, en los años setentas, el concepto de autoformación o de educación liberadora propició una nueva visión de la tarea educativa a partir del sujeto como gestor de su propia afirmación; por los mismos años, más o menos, apareció otra importante idea, la educación o formación permanente, que alargó en forma significativa el proceso formativo de la persona, más aún, lo hizo paralelo a la vida y a la existencia misma del sujeto humano. Hoy se está imponiendo el término de la Emergencia Educativa, como una necesidad de los tiempos.

Para adentrarnos un poco en su contenido, es preciso avizorar el entorno de donde va emergiendo poco a poco, como una isla en el mar o un nuevo volcán. Y para ello es preciso referirnos al llamado cambio de época, al fin de las llamadas ideologías y de la historia, a la fragmentación del pensamiento y a la nueva imagen del mundo y del hombre que va posesionándose de la conciencia individual y colectiva, la mayoría de las veces sin un toma de conciencia clara y refleja.

 

Los fenómenos o manifestaciones que van mostrando esta dinámica de las sociedades actuales son, entre otros, los siguientes: una afirmación de la subjetividad como norma absoluta del pensar, del actuar, del sentir, del elegir, del decidir; consiguientemente, un predominio del individualismo sobre cualquier interés social; un relativismo total en el orden ético, estético, lógico y ontológico; una desintegración de la persona en aras de las tendencias, los instintos, los apetitos, la sensibilidad y la capacidad de experimentar; finalmente, una ausencia total de metafísica como acceso al ser, a la objetividad, a la trascendencia y al reconocimiento del otro como distinto del yo.

 

En el fondo de todo, hay una crisis más profunda, de lo que los antiguos llamaban los trascendentales del ser, los rostros del ser: unum, verum, bonum, pulchrum; aunque esta crisis es antigua, al menos desde Kant para acá, lo característico de la situación actual es que estas categorías han saltado del mundo de las ideas al de la acción, de la conducta humana, de la publicidad, de los medios, de las redes sociales; no son ya asunto de debates filosóficos como antes, sino de modos de vivir, de patrones de conducta, sencillamente de vivencias instantáneas, más aún, de diversiones, de distracciones, de explosiones y de evasiones.

Desde el punto de vista teórico, discutir, discurrir y razonar no importa mucho, lo hacen pocos y se entretienen; pero cuando de la teoría se pasa a la práctica, el asunto ya cambia: los grandes problemas actuales de la humanidad tienen aquí su origen: una economía sin ética, propicia desastres en pequeño y en grande, como lo estamos viendo; una política al servicio de los grandes intereses del mercado mundial, arruina culturas, desdibuja a las naciones, atropella derechos inalienables; una crisis de valores como la que ya vivimos, propicia injusticia, falta de honradez y la honestidad, distorsiona los hábitos y las virtudes, rompe el tejido social, pone en entredicho el orden público, desprestigia a la autoridad y exalta desmedidamente las libertades individuales.

Los fenómenos más graves tienen también aquí su fundamento: la violencia en todas sus manifestaciones, la proliferación de la droga y el narcotráfico, la conformación de escuadrones de la muerte y bandas de profesionales del delito y del crimen organizado, la violencia familiar y las calamidades que afectan al ser humano en su más profunda realidad, la depresión, el suicidio, la pérdida de identidad y de paz interior. Esto a todos nos afecta de una u otra manera, ya todos nos tiene ya alarmados. ¿Quién podrá detener este caos y este apocalipsis?

 

Más en el fondo de las cosas, están preguntas no resueltas, o de cuya solución depende lo demás, o esto o lo otro. ¿Qué es la realidad? ¿Está la realidad dotada de sentido, de significación, de razón de ser? ¿Es la realidad una creación, o un mero hecho sin origen, sin natura, sin finalidad? ¿Qué es el hombre? ¿Qué es lo humanum propiamente, lo que lo define, lo que lo identifica, lo que lo hace ser aparte? Sin la respuesta a estas preguntas, es inútil hablar de dignidad humana, de valores, de principios, de normas o de leyes, de proyectos humanos, de tareas esenciales como es justamente la educación: ¿Qué quiere decir, qué implica educar a un ser humano? ¿Qué es propiamente educar?

 

Estos cuestionamientos subyacen a afirmaciones del Papa Benedicto XVI sobre el momento actual que atraviesa la humanidad: él ha dicho en Aparecida, Brasil, ante la Asamblea del Celam, que no hay realidad donde no está Dios. Él ha dicho en todos los tonos que hay que plantear la pregunta sobre Dios en todos los escenarios del mundo. Él ha dicho en sus catequesis, en sus Encíclicas, en sus discursos ante los parlamentos de Europa, que es fundamental para hablar del ser humano y sus grandes interrogantes, resolver las relaciones entre la razón y la fe. No por nada Benedicto XVI es un gran filósofo, un grandísimo teólogo, un hombre de amplia cultura, un vir ecclesiasticus como los Santos Padres de antaño, y también un gran pastor, como se ha revelado en sus encuentros con la juventud del mundo en muy diversos foros.

 

Ahora podemos abordar el asunto de la emergencia educativa, con palabras de los Obispos de América Latina: La educación humaniza y personaliza al ser humano, cuando logra que éste desarrolle plenamente su pensamiento y su libertad, haciéndolo fructificar en hábitos de comprensión y en iniciativas de comunión con la totalidad del orden real. De esta manera, el ser humano humaniza su mundo, produce cultura, transforma la sociedad y construye la historia (Aparecida 330).

La visión del mundo que ha prevalecido en los últimos cincuenta años, con el desarrollo de las ciencias, el primado de la tecnológica, la filosofía del mercado libre y del libre comercio, el imperativo de la producción de bienes materiales, las exigencias de la publicidad y la construcción de nuevos bloques de poder en el mundo, han orillado a los planes y proyectos educativos de las naciones a imponer una reducción de la tarea educativa a la capacitación del ser humano para utilizar, programar, producir, ser efectivos y eficaces; ha reducido la educación a la mera información, al manejo de la informática, a la exaltación de la competitividad, a privilegiar lo práctico, lo que es mesurable, lo que es sujeto de estadística, de comprobación y verificación. ¿Y dónde quedó el ser humano, la persona, la comunidad? ¿Y dónde están las ciencias del hombre, la filosofía, la cultura humanística, las cuestiones fundamentales de la existencia como el amor y la sexualidad, la vida, la libertad, la convivencia, la gratuidad, la gran tradición espiritual de nuestras religiones? Basta ver los programas y los textos, para encontrar la respuesta.

La aportación de la Iglesia a la educación la subraya Benedicto XVI en estos términos: algunos cuestionan el compromiso de la Iglesia en la educación... la misión primaria de la Iglesia es de evangelizar, en la que las instituciones educativas juegan un papel crucial, y está en consonancia con la aspiración fundamental de la nación de desarrollar una sociedad verdaderamente digna de la dignidad de la persona humana.

Se escuchan bien estas palabras mientras en las Cámaras se debate sobre la libertad religiosa, y cuando unos pocos manifestantes al costado de la Catedral, se oponían esta mañana a las reformas del artículo 24 de la Constitución sobre el tema. Eso sí que es oscurantismo. O mala voluntad, como la revista que en su edición semanal afirma que el Papa viene a México a reivindicar las demandas de los cristeros sobre los privilegios de la Iglesia. Esos sí que son más papistas que el Papa.

 

* Obispo Auxiliar de Morelia, Responsable de la Vicaria de Laicos.

Sánchez de Tagle 350 - Centro - Morelia, Michoacán. Teléfonos: 312 07 17 y 312 89 78